viernes, 26 de junio de 2026

MICROCOSMOS

Imagen digital por Valdo Saenz Moulin

CAPRICHO LÍRICO Y ARREBATO OTOÑAL 

A veces, cuando la noche me llama, recordar mi cuarto de juventud es una manera de mantener vivo el lugar donde fui auténtico, una evocación de ternura silenciosa, de infinita gratitud y nostalgia.

Ver entrar los rayos de luz por la ventana mientras -recostado en mi cama- escuchaba mis vinilos me inspira hoy un respeto casi ritual. Vibraba junto a ese brillo un sonido dulce que me daba calidez.

Más que un espacio, ese cuarto era el testigo íntimo de mi crecimiento; cuando salía al mundo lo llevaba en mi mente, como prolongación de mi espíritu en formación.

En su espacio germinó mi deseo. Sus paredes devolvían la resonancia de quien yo era, y emanaba allí el perfume de los días felices, aromas que dejaron ellas, las mujeres que privilegiaron ese refugio mío y llenaron mis poros, amores que no se olvidan porque me acompañaron a descubrirme como hombre.

Ese ambiente se alimentó de mi risa y mis desvelos, gratos momentos de café compartidos con amigos y el asombro de descubrir en los libros otros mundos que me reclamaban.

Sobre su piso de madera, mis pies descalzos dieron rumbo lento hacia quien aún no sabía yo lo que podría llegar a ser. Cada palabra dicha, leída o escuchada contenía el sentido oculto de la vida; y cada mirada amada el reflejo de algo supremo.

Con los años se fueron acumulando vibraciones sutiles, restos de mi voz al emitir pensamientos, brisa que entraba por la persiana como posible respuesta del universo a mis dudas; allí quedaron vestigios de aprendizaje. Todo aquello vivido no se esfumó, sólo se elevó a otro nivel de la conciencia, un microcosmos en donde seguramente aún persiste mi antigua respiración.

Desde esta distancia de tiempo me queda una amable mezcla de susurros con el eco de los taconeos que dejaban ellas al irse por la puerta del amanecer. Eran los días de aceptar que a esos amores tenía que entenderlos desde los errores, noches en que la luz de luna se volvía confesión, rincones con su polvo como vestigio de este cuerpo mío que crecía, mezcla de sueños y realidades.

Mis dudas se erguían como torres, encendiéndose con lentitud a la luz de la lámpara que alumbraba escrituras ingenuas, inmadureces de mi sentir. Empezaba a comprender que la vida es permitir que lo profundo de uno permanezca en silencio.

Mi cuarto fue el recinto donde modelé mi personalidad, con las sombras tibias del placer y el mordaz temblor de mi soledad. Fue el templo en el que mi mente ensayó su vuelo, un narrador íntimo y cómplice que me murmuraba lo mejor del pasado y el futuro incierto.

Seguramente el sol aún cae tenaz desde aquella ventana, se desliza por el borde de algún mueble y se cuela para iluminar algo de las huellas imperceptibles que, en algún rincón, deben quedar de los días antiguos.


Nota: al no encontrar en la web una imagen que se pareciera mínimamente a mi cuarto de juventud, decidí meter mano en la IA que, después de todo, resulta mejor porque uno pone en ella los elementos que quiere. Por el mismo motivo a partir de ahora, muchas de las imágenes que presentarán mis relatos serán realizadas así. Gracias por leer.

1 comentario:

  1. Uno debe disfrutar el placer de estar solo con sus libros e historias. Te mando un beso.

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