martes, 21 de julio de 2026

LA CONTINUIDAD DE LOS BESOS

Edición digital por Valdo Saenz Moulin

Ella tiene en sus genes razas de este sur del mundo, y ese tipo de piel que se ampara en el atardecer. Su mirada joven me habla de pueblos milenarios, y sus manos suaves, de abuelas guardianas.

En esto pienso mientras la noche nos encuentra en el banco de una plaza y la brisa nos descubre entre besos urgentes, que entonan hola y adiós al unísono.

Hay quienes se besan luego de una historia antigua, lo nuestro sucede ahora. Tal vez por eso nuestras caricias tienen la intensidad de lo irrepetible. Nos conocimos ayer y pronto partiré.

—No vas a volver —me dice, interrumpiendo un beso—. Sos de la capital y allá te quedarás.

Viajar cuando se es joven tiene su precio, a los veinticuatro años se corre el riesgo de conocer, a mil kilómetros de casa, una chica de la cual enamorarse. Por ser dueña de esa belleza típica de los pueblos originarios, cuyas raíces también corren por mi sangre, no me resulta difícil enamorarme. Sin embargo cada beso nuevo comienza a decir otras cosas.

Al besarla percibo un murmullo antiguo, como si arrayanes y pehuenes ya supieran de mí aquello que apenas estoy aprendiendo. En su boca comprendo, sin necesidad de palabras, que algo me habita desde mucho antes.

Ese reconocimiento llega sin aviso, una señal antigua de la memoria que sobrevive con imágenes imprecisas, una cuerda tensa sacudida por dos vientos: mis abuelos nativos en lucha feroz con mis abuelos españoles.

Sus labios insisten en recordarme de dónde vengo. Una inquietud primaria, atávica, como eco de un ritual perdido, sigue respondiendo dentro de mí antes de que pueda pensarla. Tal vez por eso el fuego y la montaña me conmueven; quizás sea un reclamo ancestral.

Durante la continuidad de estos besos, la noche avanza de otra manera. En el contacto de sus labios algo se acomoda dentro mío, como si volviera a casa luego de siglos. Y, por un instante, ocurre algo sagrado: ya dejo de preguntarme quién soy para saber que pertenezco.

Recupero así una memoria que no heredé de las palabras, un latido que no es mío pero que se acelera en mi pecho… cuando veo las cumbres heladas, cuando me adentro en un bosque, cuando la beso… como ahora.

No son sólo besos, es lo que había sido negado, leyendas que no fueron escritas. Así percibo, como si en alguna curva de mis venas alguien despertara por ella, por su carne, que posee una geografía anterior a los mapas.

En mi contacto con su cuerpo hay algo de raíz y de horizonte, estrellas que nadie catalogó nunca. Entonces comprendo que estos besos no son del todo míos, apenas una ruta que une lo que fue y lo que sigue siendo.

Es como entrar en una profundidad sin tiempo, donde todo vibra pero permanece. Un gesto repetido, una forma secreta de prolongación.

Percibo que sus ojos, de vez en cuando, se abren para observar mi cercanía; y acaricio su pelo lacio, negro como un abismo. Pronto abandonaré su boca y comprenderé que los besos nunca pertenecen solamente a quienes los dan. De alguna manera intuyo que otros labios, extinguidos mucho tiempo atrás, buscan aún una despedida imposible.

Los besos prometidos por aquellos antiguos guerreros, antes de partir, seguramente quedaron silenciados en el campo de batalla. Quizás a la hora de su muerte imaginaron una persistencia de la memoria afectiva y, con nostalgia de futuro, dirigieron la mirada hacia un día lejano, como éste, en el que ella y yo cumplimos, sin saberlo, con la continuidad de los besos que ellos no pudieron darse. 



Nota: La cantante argentina Anahí Rayen Mariluán es una de las voces más representativas de la música mapuche contemporánea. Su propuesta artística combina la recuperación del patrimonio sonoro ancestral con una elaboración musical actual. 


"Mapu Kimün" (Sabiduría de la Tierra)
Autora e intérprete: Anahí Rayen Mariluan



miércoles, 8 de julio de 2026

UN ABISMO GRATO

Edición digital por Valdo Saenz Moulin

(MEMORABILIA AFECTIVA CON LICOR DE CAFÉ)

A veces, en la penumbra, con la luna en mi ventana y un licor sobre la mesa, mientras insiste la memoria, repaso los detalles de sus gestos, esos que recorta mi mente hasta darle la forma más cercana a su rostro, tal como era al sonreír a una distancia mínima del mío.

De ser cierto que la nostalgia encierra algo de tristeza, lo que siento es otra cosa, porque recordarla me alimenta, de la misma manera que nos alimentamos al dormir: el cuerpo sabe lo que hace.

Al verla por primera vez, noté que sus pies se deslizaban como guiados por un acto de magia. Fue entonces cuando me aparté de las reglas del mundo —porque no influyen en los momentos cumbres de la existencia—; me importó el arte de domar un sentimiento.

Aún hoy me sorprende cómo un primer encuentro puede alterar la arquitectura de una vida. Ella, tan sólo con su presencia, me arrastraba hacia los secretos lugares de lo inevitable: arrebatos insolentes me invadían ante una mujer con tal capacidad de seducción.

La luna se mantiene inmóvil allí afuera, como si esperara que mi evocación continúe. Le doy el gusto.

Había un instante, siempre anterior a toda cercanía, en que me bastaba saberla próxima. Nada reclamaba todavía el derecho de las manos; ciertos encuentros empiezan mucho antes de que los cuerpos se atrevan a confirmarlos. En ese umbral permanecía, suspendido entre la espera y el asombro, mientras el tiempo parecía olvidar su oficio de avanzar.

En el vaivén de imágenes que impone mi nocturnería, atraviesa la penumbra el caballo alado de mi pensamiento, para llevarme al momento en que sus caderas latieron por vez primera bajo mis manos, una a cada lado de mi existencia. Era el pulso de la vida lo que me fluía por los dedos, mientras el ocaso rugía en la calle sus motores, y la oscuridad se anunciaba con la llegada de otra luna.

Ya con mi copa vacía, vuelvo a la visión de su boca, que me recibió en abismo grato; y a lo tierno de su tiempo, donde me hundí sin medida. El recuerdo galopa por mi piel, con el rumor de aquellos días y la sensación de que todo lo que creció en mí lo hizo convertido en una forma de destino.

Levanto la vista: la luna sigue fija en la ventana. Tengo la sensación de que nada en el universo se ha movido, salvo el tiempo que consumí navegando por sus verdes ojos, por sus piernas.

Ella llegó a mi mundo desde una esquina del universo, para barrer el polvo dormido que mi piel solía acumular, allí donde los sueños se juntan con la nada.

La copa, ya sin licor, parece conservar un resto tibio de aquello que ya no vuelve. Algo de esta noche sostiene intacta la ausencia, como si su penumbra también tuviera memoria.

¿Cómo no recordarla, si así nací para siempre y morí para nunca?


GLOSARIO UTÓPICO

Nocturnería: Conjunto de experiencias, emociones, pensamientos y atmósferas propias de la noche. Es todo lo que la noche convoca: la memoria, la contemplación, el deseo, el silencio, la escritura, las confidencias consigo mismo. Se trata de una neología poética.

LA FORMA MÁS ASTUTA DEL MISTERIO

Imagen virtual por Valdo Saenz Moulin (UN ESPEJO RETROVISOR DE LA MEMORIA) Buenos Aires —siempre dispuesta a los equívocos pasionales— pro...