(UNA FÁBULA METAFÍSICA JUNTO A MI CAFÉ)
En un instante ajeno al fluir del tiempo, desde el
otro lado de la mesa del bar, ella me sonríe. Yo, ladrón de utopías con quimera
de chiquezas, percibo el secreto de ese gesto, que no es sólo belleza, sino una
forma acabada. Pienso en lo que perdura luego de la arena que fue roca, que fue
lava y ya no es, como si algo en ese devenir hubiera quedado trunco, una
torpeza antigua sin corregir.
Hubo un tiempo en que los artífices de todo lo
existente dudaron
de las bondades de un pan caliente al amanecer, de la fragancia de los patios
añosos y, hartos ya de tanto hombre doliente, dispusieron con prepotencia
celestial un nuevo júbilo, para lo cual convocaron a tres entes de los
suburbios cósmicos.
Una vez reunidos, comenzaron a maquinar una mejor
dimensión de la felicidad, con la seguridad de que aquello debería quedar
dibujado entre los labios. En la mañana universal, con ojeras estelares mil
años antes del ayer, iniciaron su obra: un detalle mínimo, capaz de alterar el
peso de la existencia, una curva nacida del encuentro entre la claridad y la
carne.
Pero lo creado no tuvo el efecto deseado en lo inmediato. Así ese intento transitó edades y nacimientos, germinando de mujer en mujer. Cada
aparición corregía el gesto anterior…
Hasta ahora.
Ahora -cuando advierto que la línea de su boca no
necesita perfección sino que la contiene- mi mirada se vuelve testigo de su
concreción.
Al comprender los creadores que, al menos una cosa
había llegado a su justo nivel, abandonaron la empresa: no sería posible
realizar algo mejor. Puedo entonces confirmar que el universo resulta
inconcluso: a pesar de esta maravilla depositada, por fin, en la hora del
nacimiento de esta mujer, el alma de los humanos aún soporta vacíos.
Acá, donde mi vista se junta con el brillo surgido
desde su boca, me pregunto qué hada galopa sobre mi voluntad al ver ese acto
que, sin intención, dejó centellas en el revés de mi trama. Ella, ajena a mis
pensamientos, no sabe que seres como yo existen por su luminosidad.
Tal vez sea el tiempo un goteo impuro de la
memoria.
Aunque ese instante mantenga su gesto vivo en mí,
los minutos seguirán su curso. Sin embargo, en el aire permanecerá un indicio
para recordarme que lo leve puede modificar la vida diaria. En ella la luz
quedará, custodiada por guardianes celestes, a la espera de que otros creadores
más valientes intenten un mejor universo según el modelo de su sonrisa, y
puedan, de una vez, concluirlo.
...
Nota:
la palabra chiquezas es una
ocurrencia mía, lo opuesto a grandezas.

