martes, 21 de abril de 2026

TRILOGÍA DEL RÍO

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Mi ciudad es una metáfora de los rumbos humanos: soledades que se buscan sin saberlo hasta que se reconocen y forman algo nuevo. Al mismo tiempo, los porteños -de puro contradictorios- levantamos una muralla de edificios entre el río y lo urbano, como si intentáramos negar una parte de lo que somos.

Amamos al Río de la Plata, nacido del entrevero de aguas de otros dos que lo parieron, y que el tiempo empuja hacia su destino final, Buenos Aires. Lo amamos, sí, en sus orillas nos concibieron, pero vivimos de espaldas a él.

Esos otros cauces -el Paraná y el Uruguay- son dos nostalgias que bajan marcando el compás hasta mezclarse y volverse tango. El primero trajo su cansancio de pescador, con olor a fruta madura y aceite; el otro llegó con delicadeza, como desde otro sueño, el del canto dulce y el mate amargo. De ellos nació el Gran Río, el más ancho del mundo, un espejo marrón que no devuelve rostros: los devora.

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Almaceno en mi memoria tanto los eventos vividos en Buenos Aires, como los amores que en ella ocurrieron. Y a veces no sé si estoy hablando del barrio o de aquellas que enriquecieron mi existencia.

El paisaje porteño de su ribera se vuelve poesía cuando una mujer camina descalza por su barro suave. O tal vez fue eso lo que sentí aquella tarde en que la ciudad pareció pertenecer, por un instante, a una mitología de domingo.

El placer consistía en observarla y, llevado por ese impulso, escribí estas líneas en el estilo sensiblero que a ella le gustaba:


Intuyo en las pequeñas ondulaciones del agua un deseo de alcanzar a quien se le arrima; tal vez es sólo mi imaginación convertida en este río. Tu paso convoca la vigilia del suelo… y, siendo cauce, me alargo para rozarte.

Un viento norte se pierde hacia el sur. Pero mis pensamientos me depositan en otro punto cardinal: aquí, donde la luz se mete en tu melena, y tus pies revelan la memoria del barro.

Gracias por dibujar en la orilla una rosa de los vientos.

A veces pienso que ese instante con ella resume lo que tengo de urbanidad por haber nacido junto al milenario río.

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Toda esta trama de  historias y de sombras que somos los porteños se resiste a morir en el mar del olvido. Tal resistencia simboliza el impulso vital absorbido por la máquina urbana, con su engranaje mestizo, contradictorio, tierno, pero brutal al mismo tiempo.

En ese encuentro de aguas reside la esencia nuestra, una confluencia de poderosa tensión. Porque ambos ríos avanzan ignorándose, pero con una fatalidad común: volverse memoria, pensamiento y transformación. Así, Buenos Aires, ciudad de fusiones y nostalgias, es el lugar donde todo lo que llega concluye en una personalidad con música propia, capaz de dar origen a lo inesperado.

Lo inesperado resulta -entre otras cosas- de la evolución cultural: aquellos orilleros que crearon nuestra música ciudadana no imaginaron que algún día existiría algo llamado “Tango electrónico”. Bajofondo es una banda integrada por músicos de las dos orillas del Gran Río: Montevideo y Buenos Aires.

“Perfume”, por Bajofondo, invitada: Adriana Varela


6 comentarios:

  1. Me gusta el tango electrónico, pero para mi gusto no se puede comparar con los tangos de Carlos Gardel. Muy bonito todo lo que escribes sobre el Río de la Plata.

    Un abrazo.

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    1. Obviamente Conchi, quien puede dudar que Gardel es el mejor de todos? Coincido.
      Gracias. Abrazo retribuído.

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  2. Os rios de nossas cidades, as cidades, em cada canto lembranças... Linda música e recordações! abraços, chica

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  3. Me gusta ver cómo alguien habla asi de su tierra, con esas ganas y ese querer que se representan en tus letras.
    Gracias por tu visita
    Un saludo. Feliz noche.

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    1. Gracias a vos Campirela, por tu visita y comentario.
      Saludos también.

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