ESTE RELATO ES UNA ALEGORÍA: REPRESENTA LA VIDA DE UN HOMBRE
Y EL ENCUENTRO EN SU MADUREZ CON UNA MUJER JOVEN
1
En la inquietud de mis
primeros años intenté parecerme a los más expertos de la manada. Me dejaba llevar, dócil, hacia los montes, como si a las carencias pudiera disimularlas en cada acto
repetido. Bajo ese aprendizaje latía una pulsión antigua, que no encontraba su
cauce.
Eso ancestral, de fuerza
milenaria, temblaba en mi esencia buscando dónde morder, como si una claridad
remota estableciera su mandato. Una tarde me sumé a la cacería de rutina, sentí
la sangre subir al ver una presa, algo en mí se quebró, y quedé expuesto ante
los machos. La presa huyó, también yo, pero hacia adentro.
Sentí, entonces, la necesidad de
escapar de un cuerpo que, aun siendo propio, parecía no responder a tanta
pluralidad de impulsos. Y comenzó la etapa de vivir como el instinto lo exigía,
arrebatado, enemistado con voces que ya no tenían entidad.
Fue así que el reclamo
interior no tardó en surgir, poderosamente. Intenté manejar el tiempo, porque
lo atávico no acepta el giro del sol, y lo nuevo circuló por dentro, irrefrenable,
arrasando costumbres instaladas por tradición en mi mente joven.
Por momentos caía víctima de
algún choque emocional, lloré, callé. Pero el olfato me daba alguna pista nueva
tras la cual correr, el poder de lo heredado se mantenía vivo en mis venas. La
manada no veía la transformación que en mí se operaba. Partí, regresé. Combatí.
Gané, perdí... En cada regreso un impulso me obligaba a mirar hacia arriba, a
la espera de una señal que no llegaba.
2
Mi caudal interior aminoró su
marcha y desembocó en el lago manso de lo frecuente, dio una última evaporación
que luego fue lluvia, y escampó. La brisa que devino dejó suaves mareas sobre
mi costa adulta, fundé una manada, y volví a lo cotidiano. Recuperé viejas
enseñanzas y me hice un poco más sabio, pero algo en las noches más quietas
persistía allí arriba, un vacío sin forma, que no lograba descifrar.
Ese ámbito que ofrecía subsistencia
carecía de un centro energético donde nutrir los pensamientos, y percibí un
enlace del pasado con el presente en un renovado deseo de perpetuidad. La
sangre se mantuvo en su ritmo genuino, sometiendo los sentidos a la marea de la
vida, doblegándome ante ella como junco solitario. Y fue en esa aparente calma
donde comencé a extraviarme sin ruido: mis ayeres mutaron en un solo y único
ahora; vagué perdido entre árboles añosos que me reclamaban, bebí de arroyos
amargos, perdí pelaje en riñas con rivales más poderosos y me lamí las heridas
solo, oculto en la oscuridad más profunda…
3
Pasaron mil noches. Y cuando nada
esperaba, sentí una puntada en los ojos: al final de un sendero una tonalidad diferente
me cautivó. Penetré en el claro como en un lugar sagrado, todo allí era
dominado por un resplandor que desconocía. Por primera vez levanté hacia el
cielo nocturno ojos nuevos, alucinados, para descubrirte, única, como la
redondez de un sueño.
Y al verte recordé el error de
haber asistido a otros llamados en torpes encuentros de carne ajena,
alimentándome mal, sin descubrir que la chispa de tu esencia allí existía, desde
el tiempo en que las mareas te siguen el paso. No me había preparado para verte
en todo tu esplendor, pero aquí estoy, con la piel gastada y los caminos
transpirados; con los misterios asumidos y las ganas puestas.
Mientras tu pulso femenino dance
en ciclo lento por encima del bosque de mi mente, intentaré comprender aquello
que no es religión sino destreza: tu paso por el cielo de mis años deja señales
de lo perpetuo. Estoy aprendiendo a conocer la grafía perlada de tu rotación, atrayente
y vestida de soledad.
Al borde de mis días, te he
encontrado.
Vanidoso mi ego aúlla, lobo soy y tengo luna.
Nota: una "alegoría" es un relato que cuenta una cosa, pero en realidad está hablando de otra; la siguiente canción en realidad no habla de una historia amorosa literal, sino que usa una relación para representar algo más amplio: la incomunicación y la dificultad de ser comprendido.
"Seminare"
Por David Lebón y la orquesta
filarmónica de Mendoza
Invitados: Lisandro Aristimuño
y Mateo Sujatovich
Autor y compositor: Charly
García


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