domingo, 24 de mayo de 2026

TARDÍA CERTEZA

"No parece responder a una lógica del azar

que la figura de la mujer que baila tango

posea tal belleza en su corporalidad.

Debe haber en ello alguna forma de misterio”.

Valdo Saenz Moulin



Tu taconeo, fémino y tanguero, parte la penumbra en dos. Algo en él arrastra una fatalidad heredada, como tardía certeza.

En el más acá de los licores -que no embriagan, sino revelan- tu sombra duplica el hechizo y me golpea las ganas, en ese lugar del cuerpo donde nacen las dudas.

¡Qué otra cosa puedo hacer más que permitir el galope de mis deseos en ancas de tu silueta! Y yo, que siempre dudé de las victorias fáciles, me quedo con lo imposible, que ya es algo.

¿Nacerá el día desde el contrapunto de tus pies, o esto es otro truco de tus vueltas? Mi noche ya se instaló sin pedir permiso y urge cafés, para batir en el pocillo del desvelo.

Tu estampa es mi tango y el relato que me invento. Esta nostalgia de futuro se abre paso en lo poco que me queda intacto.

Soy tiempo inmóvil, aferrado a los pliegues de tu pollera como polvo de ciudad. Sólo pido que las curvas de tu cuerpo sean incansables -ellas no cuentan historias: las imponen, las desarman y las vuelven a armar en otro orden-.

Ese diálogo en danza, entre el aire y la carne, reclama el rito menor de la observación, con perfume a madrugada por llegar.

Porque mi utopía ya se hartó de abrirse como bandoneón cansado, detengo mis fantasías como se detiene cualquier hombre al ser mirado de verdad.

Y si la ausencia llega -porque siempre llega-, que al menos conserve tu forma, entre delicada y procaz, ahí donde habita el nudo que no cede, hasta desabrocharme los sueños.



CON ORGULLO COMPARTO UNA MUESTRA MÁS DEL ARTE POPULAR DE MI PAÍS


Bailan: Mariana Montes y Sebastián Arce

Tango: Esta noche de luna

Música: José García y Graciano Gómez

Letra: Héctor Marcó

Orquesta: Osvaldo Pugliese

Canta: Jorge Maciel


lunes, 18 de mayo de 2026

CONVENTILLO


"Conventillo", fotografía de Sara Facio

Una fotografía es obra de arte cuando contiene profundidad humana; estoy seguro de esto. La imagen pertenece a uno de los tantos conventillos de Buenos Aires del tiempo de mis abuelos: maderas gastadas y una mujer añosa de inocente gesto, con la humildad de esas plantas que crecen por cualquier rincón.

No es difícil imaginar allí grietas de la memoria que esconden amores y luchas. Pero nada de eso se ve; apenas lo intuyo desde la trama de lo permanente, como la sensación de que algo de mí hubiera habitado sus silencios. Sus habitantes —en lo monótono de su día a día— acaban siendo un reflejo del lugar, entre personas no elegidas, y objetos abandonados por otros.

Y, junto a tantas cosas reales, aparece un enigma urbano: ese zapato colgado en la pared. Ahí, quieto, me trae el eco de un taconeo ya sin ritmo; partidas y regresos que nunca volverán a ser y dejan sobre los ojos una muestra de la obstinación de las cosas.

Al pasillo lo siento un espacio de encuentro con los otros, pero también una barrera. En pocos metros cuadrados se amontona todo un mundo, metáfora de la convivencia humana: historias cruzadas de gente sin llegar nunca a conocerse, como si en ese entramado persistiera aquello antiguo y familiar, rastros de mis antepasados.

El amor, pienso, tendría también su refugio entre esos incómodos rincones, haciéndose cautamente, a la manera de algo prestado y siempre a punto de perderse. (Caricias al compás de las filtraciones del techo; gotas cuyo ritmo, segundo a segundo, indica el tiempo límite del encuentro. Tal vez en la penumbra sus miradas simulaban la complicidad de una conspiración: para seguir allí y para imaginar que el cuarto era otro, que la humedad podía ser una forma lenta de abrazo, y que la noche —de alguna manera— los elegía).

Es en esa profundidad humana, apenas visible, donde la fotografía deja de ser registro para volverse arte.

Este relato tal vez sea el resultado de aquello que me recorre las venas. Los míos también pasaron por lugares así, y dejaron sueños adheridos en descascaradas paredes. Por eso elijo ver en cada humilde arquitectura escenas de serena dignidad, y un aguerrido intento de arrancarle a la vida, aunque sea, un gesto mínimo de algo superior.

Nota: la fotógrafa argentina Sara Facio tenía preferencia por la imagen en blanco y negro, que transmite cercanía e intimidad. Además poseía un gran amor por Buenos Aires, su cámara era una herramienta para decir “aquí está mi gente y mi ciudad” según ella misma confesaba al elegir captar los gestos, las expresiones y los momentos que revelan el alma de las personas. Aquí otras dos fotos que confirman su sensibilidad de artista:




MICROCOSMOS

Imagen digital por Valdo Saenz Moulin   (UN CAPRICHO LÍRICO CON ARREBATO OTOÑAL ) A veces, cuando la noche me llama, recordar mi cuarto ...