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| "Conventillo", fotografía de Sara Facio |
Una fotografía es obra de arte cuando contiene profundidad humana; estoy
seguro de esto. La imagen pertenece a uno de los tantos conventillos de Buenos
Aires del tiempo de mis abuelos: maderas gastadas y una mujer añosa de inocente gesto, con la humildad de esas plantas que crecen por cualquier rincón.
No es difícil imaginar allí grietas de la memoria que esconden amores y
luchas. Pero nada de eso se ve; apenas lo intuyo desde la trama de lo permanente,
como la sensación de que algo de mí hubiera habitado sus silencios. Sus
habitantes —en lo monótono de su día a día— acaban siendo un reflejo del lugar,
entre personas no elegidas, y objetos abandonados por otros.
Y, junto a tantas cosas reales, aparece un enigma urbano: ese zapato
colgado en la pared. Ahí, quieto, me trae el eco de un taconeo ya sin ritmo;
partidas y regresos que nunca volverán a ser y dejan sobre los ojos una muestra
de la obstinación de las cosas.
Al pasillo lo siento un espacio de encuentro con los otros, pero también
una barrera. En pocos metros cuadrados se amontona todo un mundo, metáfora de
la convivencia humana: historias cruzadas de gente sin llegar nunca a conocerse,
como si en ese entramado persistiera aquello antiguo y familiar, rastros de mis
antepasados.
El amor, pienso, tendría también su refugio
entre esos incómodos rincones, haciéndose cautamente, a la manera de algo prestado
y siempre a punto de perderse. (Caricias al compás de las filtraciones del techo;
gotas cuyo ritmo, segundo a segundo, indica el tiempo límite del encuentro. Tal
vez en la penumbra sus miradas simulaban la complicidad de una conspiración:
para seguir allí y para imaginar que el cuarto era otro, que la humedad podía
ser una forma lenta de abrazo, y que la noche —de alguna manera— los elegía).
Es en esa profundidad humana, apenas visible, donde la fotografía
deja de ser registro para volverse arte.
Este relato tal vez sea el resultado de aquello que me recorre las venas.
Los míos también pasaron por lugares así, y dejaron sueños adheridos en descascaradas
paredes. Por eso elijo ver en cada humilde
arquitectura escenas de serena dignidad, y un aguerrido intento de arrancarle a
la vida, aunque sea, un gesto mínimo de algo superior.
Nota: la fotógrafa argentina Sara Facio tenía preferencia por la imagen en blanco y negro, que transmite cercanía e intimidad. Además poseía un gran amor por Buenos Aires, su cámara era una herramienta para decir “aquí está mi gente y mi ciudad” según ella misma confesaba al elegir captar los gestos, las expresiones y los momentos que revelan el alma de las personas. Aquí otras dos fotos que confirman su sensibilidad de artista:




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