![]() |
| Imagen virtual por Valdo Saenz Moulin |
(UN ESPEJO RETROVISOR DE LA MEMORIA)
Buenos Aires —siempre
dispuesta a los equívocos pasionales— provoca en el ánimo sutilezas ambiguas. Deseo y
desconcierto se confunden con una pizca de crueldad.
Lo
que relataré podría tratarse sólo de una página urbana menor, pero algunos
eventos que son anécdotas para unos no caben, en este caso, en la lógica de un
simple muchacho de barrio.
Una tarde los recuerdos se le
meten en los zapatos, y no le queda otra que salir a caminar. En busca de qué,
no lo sabe, pero el sonido de su primer paso le susurra que el mundo oculta
cosas cuando alguien le sonríe.
Esa sonrisa, sostenida más de
lo necesario, se había repetido a lo largo del tiempo, y ahora parece llegarle
inoportunamente. Aquel gesto deja en sus ganas la sensación de no saber por qué
había sido depositada en él.
Sucedió durante un seminario cualquiera, no importa cuál. El muchacho y la dueña de la sonrisa no se conocían. O tal vez
sí, de esa manera imprecisa en que dos personas comienzan a reconocerse antes
de intercambiar alguna palabra.
Los pasos que va marcando por
la calle redoblan con el nerviosismo de los recuerdos ingratos. En la película
de su mente vuelve una y otra vez su figura, esta vez sentándose a su lado.
Fue en un bar, donde el grupo
de compañeros había acordado encontrarse para pasar un momento de charla y
café. El muchacho llega tarde. La muchacha, luego de sonreírle, le señala una
silla vacía a su lado, que había custodiado para cuando llegara. Acto que él
interpreta como lo que parece ser.
De pronto un susurro de ella a
su oído, acompañado de una nota con un número de teléfono. La entrega le llega
con naturalidad, que es la forma más astuta del misterio.
Hay llamadas que no se
realizan con sólo digitar un número en el aparato: se hacen desde una especie
de fe. Él cumple, en
definitiva, con el libreto clásico del varón que interpreta la escena como
promesa. Y llama.
Ocurre —o vuelve a ocurrir en
su mente mientras camina— eso cotidiano en la inmensidad urbana, que duele como
si nunca hubiera existido: ella dice que no. Que no puede. Que tiene novio.
Entonces
todo se vuelve más extraño que triste.
Y
lo que queda no es el rechazo, sino la pregunta: ¿qué fue todo lo anterior?
Ahora
bien, a esta altura del relato el lector sagaz ya habrá sospechado que el
muchacho era yo.
Tal
vez las cosas se dieron así por mi torpeza, al ver una promesa donde
simplemente había un acto por simpatía. O por su ensayo de cercanía sin
intención de habitarla. O, quién sabe, por una chispa de fogata ajena.
Esos
zapatos que suelen llevarme por las veredas del recuerdo, cada vez que vuelven
a recorrer lo recorrido, dejan metida una piedra pequeña donde más duele al
caminar.
No
todo lo que deja huella logra quedarse. La belleza que percibí en su rostro
apenas fue un gesto incompleto. Aunque no lo comprendo, algo me dice que en
cada nostalgia hay una forma secreta de la verdad.

