1
Al
final de mi niñez pasó por la vereda de mi casa un viejo rotoso. Al verme se
detuvo, acercó su cara a mi oído y murmuró con jerga bien porteña:
—Che
pibe, andá sabiendo que los brujos de este barrio hechizaron un lugar.
Cuando cae la noche, el que pasa por ahí cambia para siempre. Nadie sabe
dónde carajo queda. Cuidáte.
Un
loco, pensé.
Pasaron
los años, aprendí un oficio y me enamoré de una nueva vecina,
morocha, de melena fatal. También le gusté. Y empezamos a salir.
Un
atardecer me invitó a su casa y allí conocí, entre masas, licores y café, a su
padre. Cuando oscureció decidí irme. Justo antes de la puerta de calle —en la
penumbra del zaguán— ella me retuvo. Se inclinó hacia mí y su boca hizo el resto.
Al
salir, lo diferente habitaba mi mente: la calle era la misma, pero yo no. Viejo loco, tenías razón, murmuré.
Pasaron
los meses. Aquella noche siguió rondándome. Decidí algo: abandonar mi profesión
y dedicarme al arte.
El
embrujo de un zaguán puede cambiar un destino.
2
No
sé desde qué abismo le diste curso a tu curiosidad: me preguntás qué me pasa
cuando me das placer.
Me
sumerjo en un mar de nada y al tocar mi centro me imponés un rumbo que comienza
a elevarme.
Tu
acto es una capa que me envuelve, que me protege de las miserias. Asombra lo
que puede tu tibieza, que me habla de otra manera, silenciosa pero tenaz. No le
temo a ninguna magia infernal.
Siento
que desde las profundidades surjo como pez sediento de aire, repto por la
costa, me nacen piernas y camino. Me brotan manos ante los ojos, y araño
montañas al trepar. Y me descubro en avance imparable. Me siento un hombre en
el extremo de una cuerda tensa que me arrastra, inevitable. Ya con alas me
elevo, y consciente de un próximo final exploto en supernova y se fragmenta mi
Yo. Algo me lleva hacia un agujero negro, y al cruzar al otro lado descubro que
la fuerza de arrastre es tu boca. Aferrándome a la pared abro mis ojos, tiemblo
lento, cedo tensión y, extenuado, te miro.
Vos,
la penumbra. Y el universo de tu zaguán.
3
A
veces pienso que con la intimidad algo se revela. Y ocurre que los misterios
son así, una manera de estar en el mundo.
En
su momento pensé que ella me daba todo lo que podía dar, pero hay cosas que conservan
una región que no pertenece a nadie más. Aquella noche era suya, y alguna vez
comprendí que amar no es conquistar.
La
penumbra del zaguán fue eso: un lugar que habité por un momento sin saber si
estaba llegando o yéndome; acaso ella también era ese espacio de transición.
Tan solo una cercanía que no prometió permanencia.
Nuestra
relación duró lo que esa oscuridad mantuvo viva en el pulso de los días y de
las venas. Porque uno no entra por la puerta principal en la vida de una mujer:
se queda en esa franja indecisa entre la calle y la casa.
Por
entonces solía creer que una mínima distancia con el cuerpo de ella bastaba
para entrar en su historia. Después descubrí que no.
Lo
que hoy me importa es que allí aprendí que amar —o desear— no consiste en
descifrar al otro como si fuera un enigma de novela. Aquella intimidad tuvo un
resto que no me pertenecía.
Acaso
en eso está la persistencia de lo vivido: no lo que me permitió sentir, sino lo
que aún queda oculto. El recuerdo alcanza para dibujar su rostro impecable, con
sus ojos verde mar, con su piel de luna y esa serenidad en sus gestos que no
admitía dudas. Pero todo pertenecía a una mujer que nunca terminé de conocer.
A la distancia, su tibieza sigue reteniéndome desde aquella penumbra. Tal vez porque mi memoria quedó ligada al arquetipo del placer, simbolizado por su zaguán.


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