1
La
conocí en un lugar de estudios de tantos por los que anduve. El primer día
llegué tarde y sin pensarlo me senté junto a ella. Aunque a simple vista no
despertó en mí ninguna sensación particular, pronto descubrí que su belleza era
de esas que se abren lentamente.
Comenzó
a seducirme su manera de concentrarse al escribir; aún recuerdo la fragancia
que dejó en el aire al sentirse observada. ¿Cómo sería tener entre las manos
ese rostro de sugerentes labios, amplios ojos y flequillo pícaro?
Ser compañeros me permitió el acercamiento. Una charla, otra. Y los besos. Éramos muy jóvenes y, con ella, la mezcla de ardor y ternura se acercaba a la perfección en la mirada que posaba en mis ojos.
Entre nosotros había nacido ese
deseo que lleva a buscar caricias. Y una bella tarde otoñal, las buscamos sobre
el banco de un parque frente al terreno donde años después se levantaría una
escultura maravillosa: la «Floralis Genérica».
Pero
al otoño le gusta sentirse cómplice: la noche no tardó en llegar.
2
Hay algo en la nocturnidad de
ese parque —uno de los tantos maquillados durante el día por las autoridades
pero abandonados luego a la oscuridad— que conspira con lo imprevisto. No es
tanto la inquietud que el crujido de las hojas produce al emerger una figura
desde lo oscuro, sino más bien lo que ocurre cuando la ciudad se desentiende de
lo cotidiano.
Aquel muchacho que fui sintió el impulso
de quedarse con su chica en la penumbra de aquel banco. Allí, un
determinado gesto de amor —transgresor, a veces secreto— sacudió mi mente joven
y tuvo su eco en el futuro.
Podría decir que, llegada la
noche, fue el frío quien nos unió. Dos cuerpos sobre la dura madera con mucho
de rebelión contra lo impuesto y un poco de arcaica forma de afecto.
Poca gente pasaba cerca. Nadie
nos miraba, pero sabían que ahí estábamos y lo que hacíamos. Buenos Aires tiene
la indecente capacidad de enterarse sin ver.
No había escándalo en la
escena; más bien una forma de inocencia desafiante. Nuestro momento de amor iba
más allá del deseo: poseía una avidez que no pertenecía al cuerpo.
Todo sucedió con una mezcla de
impudor y ternura, bajo la complicidad de un árbol y de un farol cuya débil luz
no nos delataba. Me importaba poco que hubiera algo prohibido en ese acto; para
mí significaba la terquedad de pelearle algo a la soledad.
Tal vez aquello haya sido una
de esas pequeñas conspiraciones que permite la ciudad mientras otros piensan en
las tareas del día siguiente. Lo
que me importa hoy es que aquella experiencia le dio un giro a mi realidad y me
hizo mejor compañero y amante de las mujeres que luego llegaron.
Al alejarnos tuve la sensación
de dejar atrás un ritual fuera del mundo. Al otoño lo dejé allí. Dos bebidas
calientes prometían la renovada placidez de un bar.
3
Durante
muchos años ese parque quedó fuera de mis recorridos. Un día, más o menos a la
misma hora de entonces, volví a pasar por allí y me detuve. Ciertas señales del
pasado se resistían a desaparecer: su banco, la luz débil del farol. Sin
embargo, al otro lado de la avenida algo imponente dominaba el lugar. La
Floralis Genérica dormía con sus pétalos de metal cerrados, a la espera del
sol.
Al
contemplarla, recordé cómo aquella chica se había ido abriendo a mí de a poco
hasta aquella noche de penumbra otoñal. Con los años lo que vivimos adquirió un
sentido que entonces no pude advertir.
Me fui de aquel muchacho hace
ya tiempo, pero cada vez que paso por allí y veo esa obra de arte, sonrío. Aquel amor no quedó en el recuerdo: me
dejó una confianza que todavía me acompaña y la certeza de que algo en mí
cambió.
No olvido a la muchacha que me ayudó a ser mejor
ni al rincón donde comencé a serlo.
Quien quiera conocer la Floralis Genérica
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