jueves, 22 de octubre de 2026

FABRICANTE DE RECUERDOS


Me declaro fabricante de recuerdos.

El presente es una ilusión que, apenas transcurrida una fracción de segundo, ya es pasado.

Bebo este café. Me gustan los rayos de sol cuando ruedan por el empedrado. Oigo una melodía. Miro una mujer que se sabe mirada por mí. Segundos más tarde, de la bebida queda apenas su sabor; del sol, una fina línea en el horizonte; de la canción, su silencio; de la mujer, la sensación de haber existido para ella durante un breve tiempo.

Elijo lo que perdura, rescato sus huellas. Creo que saber combinar los recuerdos, es arte.

Disfruto de la experiencia mientras ocurre, pero también de lo que queda de ella. Quizás las cosas no se presenten en el recuerdo tal como fueron; me importa que esa porción de vida conserve su intensidad.

Del otro lado del ventanal de este bar, pasa una mujer de estilizadas piernas. Su figura me acompañará cuando haya desaparecido de mi vista; la calle seguirá con sus asuntos y yo continuaré aquí, con mi café.

Pienso en todo aquello que me gratifica: la sonrisa de mi hijo bebé, los juegos compartidos en invierno, la respiración de las mujeres que amé sobre mi pecho, la alegría de aquella perrita en cada regreso mío, las partidas de ajedrez con mi padre. Realidades que se fueron disolviendo, pero que todavía me pertenecen.

El futuro no existe, o tal vez sea una trampa para desviarnos. Lo que deseo puede sobrevenir o no, pero para que ocurra debo prepararlo durante esos instantes que no dejan de escurrirse. Cuando suceda será presente, y más tarde algo para recordar.

De pronto, recupero lo que alguna vez hallé: un llamador de recuerdos. Toda sensación presente puede convocar otra que parecía haberse perdido.

Por eso bebo otro café, para que su sabor me devuelva la imagen sonriente de quien fue imprescindible en mi formación. Me basta con que algo de su presencia permanezca, que la emoción no se extinga.

Así fabrico recuerdos.

Esto que vuelco al papel también será recordado. No sólo lo que está en mi mente, sino este instante preciso: el sabor del café, la mesa del bar, la luz que se desplaza.

Esta manera de fabricarlos acaso sea simplemente una manía personal.

Quizás alguien me pregunte:

—¿Y con los momentos tristes? ¿Qué hay que hacer?

¿Momentos tristes? Para ellos fabrico olvidos.



GRACIAS POR LEER

martes, 13 de octubre de 2026

MIENTRAS LA LUNA DESNUDA TERRAZAS


Observo Buenos Aires desde la ventana de un quinto piso.

La calle se arrastra cubierta de pasos abandonados antes del atardecer. Balcones de momento olvidados, un zaguán, faroles viejos. Seguramente nacerán suspiros por los rincones mientras la luna desnuda terrazas y algunas melodías se escapan de no sé dónde.

Se me da por diseñar metáforas al repasar momentos de mi propia historia; como ahora, que evoco uno de los más emotivos sin que importe mucho el desarrollo de los eventos: conocí una mujer, treintañera, que incendió mis noches claras, que durante una luna me sedujo y durante otras lunas me dejó con su ausencia puesta.

El número cuatro es perfecto.

Los elementos, las patas de una mesa, las estaciones del año —dicen que es la cifra de lo práctico y de la lealtad—. Para mí ese número representaba los meses de un periplo obsesivo por espacios en los que suponía su presencia.

Al conocernos, algo eléctrico se gestó a mitad de camino entre nosotros. Sin llegar al sexo nos dedicábamos a levantar castillos sobre la mesa del bar. El deseo era mutuo, muy fuerte, fácil de advertir. Sin embargo, a veces parecía alejada. Me mordía los codos al no llegar a lo más íntimo; ella alojaba sobre mis hombros un misterio más.

Así tenía el ánimo durante aquel cuarto mes. Hasta que un último impulso me hizo recordar un sitio hasta entonces impensado. Y hacia allá me dirigí. La busqué por su nombre entre la concurrencia. Se acercó a mí una muchacha delgada, con cuerpo de bailarina clásica. “Uh”, pensé, “viene a pedirme que me vaya”.

—Hola —me dijo—. ¿Me buscabas? ¿Quién sos?

Una coincidencia de nombres me ofreció lo inesperado.

Tal vez lo que sale mal oculta algo nuevo.

Conocer a esta chica fue como mirar muy de lejos el invierno.

Suena increíble que aquello que no pudo ser tenga tan fino encanto. Naufragio no es fracaso. Mientras me aferraba a la esperanza de que una me desperezara los sueños… encontré a otra, más necesaria para mí. Mismo nombre, universo distinto.

Algunos obstáculos son apenas un cambio de rumbo. Algo me había impedido llegar al lugar que buscaba y, sin darme cuenta, me había puesto donde necesitaba estar. Hoy siento que la suerte no existe: sólo hay eventos lógicos que no comprendemos.

Uno se cree que recorre la ciudad.

Pero no. Es la ciudad la que nos recorre. Por debajo del cemento laten siglos, el cuerpo de mi ciudad tiene venas, las mías. Cuando estoy junto al farol de alguna vereda me descubro en simbiosis con el lugar donde nací. Con los años, calles y vivencias somos uno. Debajo del cemento, adoquines de otra Buenos Aires. Y más abajo aún, el barro inicial; en cada capa ha quedado algo de la historia que caminamos.

Cierro la ventana para olvidar la ciudad. Desde las sábanas me reclama un cuerpo dormido de bailarina clásica.


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FABRICANTE DE RECUERDOS

Me declaro fabricante de recuerdos. El presente es una ilusión que, apenas transcurrida una fracción de segundo, ya es pasado. Bebo este c...