Amo esa lluvia que cae densa, vertical y mansa por falta de viento, vaya a saber por
qué. Tal vez por aquella escena del final de mi pubertad cuando, en el
umbral de una puerta abierta y con el aguacero detrás, unos labios me atacaron
la boca como si también cayeran.
Hay cierta
complicidad entre lluvia y beso, no visible, más bien subterráneo, que se
adivina sólo cuando el silencio se hunde en los charcos y el cuerpo empieza a
reconocerse en el temblor del otro.
Así como lo húmedo
busca disolverse, ni las gotas ni los labios siguen siendo los mismos después
del roce. Porque el agua no consulta donde caer, y todo beso arrebatado rompe
las normas de buena conducta. Ambos paralizan el tiempo, y quedan amarrados.
Cuando se desploma
sin viento, la lluvia paraliza la respiración del mundo. Con un primer beso
ocurre lo mismo: es esa pausa en la que desaparecen los relojes y la memoria.
Así lo sentí aquella vez, como una metáfora de lo atávico, promesa de eternidad
breve que se vuelve fantasma.
Entre ambos hay una
sintonía como de sociedad secreta, son del mismo arrabal, reunidos por el
misterio tocan la piel con entrega. Aunque ninguno puede durar -lo que cae
cesa, las bocas se distancian-, hay en ellos algo que se aleja de lo viciado.
Sucede, y con eso alcanza. Participan calladamente, borrando la frontera entre
lo que llega y lo que espera.
La oscuridad y el
ozono fueron la evidencia de haber sido tocado por algo que no podré explicar,
pero que dejó metida en mi recuerdo una eternidad pequeña, dulce, como cuando
al final del temporal queda el aroma de la tierra y no se olvida.


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