La imagen transparente es de una foto que me pertenece,
la imagen del bar es de la web.
Acepto el argumento de que una fotografía
representa tan sólo la imagen de una persona, pero de algún modo, y por algún
motivo, sentimos la necesidad de perpetuarla.
Aquella noche tuve la visión de un segundo,
pero ese segundo pareció extenderse en la penumbra tibia del bar. El recinto
poseía lo típico de esos refugios de Buenos Aires, y Ella, sentada a mi lado,
brindaba el fruto justo de su juventud madura mientras un saxo adornaba tangos
melódicos. Una toma de su rostro me permitiría atrapar lo bello
para siempre, no lo dudé: la necesidad de retener lo fugaz me llevó a presionar el
disparador.
Ese amor retratado es ahora una figura
inmóvil, detenida en aquel instante único, evidencia y sombra al mismo
tiempo, ya sin el aroma del café, sin lo sensual de sus gestos. A veces, al
mirarla, siento viva su presencia, pero el brillo que vi en sus ojos ya no
podrá repetirse.
Tal vez por recordar las utopías de mi juventud no dejo escapar aquellos momentos clave en mi vida amorosa -toda visión nos devuelve algo de nuestra propia historia-. Y mientras vuelvo a mirarla, como si el tiempo se suspendiera allí, observo en plano quieto a esa mujer que amé. Recuerdo que tenía, al hablar, un gesto de incansable sonrisa, y un brillo en los ojos que percibía como de tierras lejanas o, al menos, diferente de lo que hasta el momento de conocerla me había tocado presenciar.
Ocurre que una captura esboza una
esquina de la vida en donde se encuentran lo retentivo y el tiempo: el presente
inmóvil ya no tiene la inquietud de sus piernas. Sin embargo -a pesar de la
aparente melancolía- el ánimo no depende de los conceptos que elaboremos, sino
del momento vital que la toma encapsuló. Cada fotografía ilumina su propia
ausencia; por el mismo motivo, he archivado una pequeña colección de imágenes
en un cajón secreto de mi voluntad. Y allí está Ella, en un sector
privilegiado, para desafiar al olvido.
Al reflexionar sobre todo esto,
comprendo que una escena fija es un puente entre lo efímero y lo perdurable, un
fragmento recortado de la realidad que -aún con su quietud- funciona como motor
de la imaginación, capaz de transformar lo estático en vida.
De puro nostálgico, no dejo de recordar
aquel momento de bar, café y plenitud. Por eso, cuando aparece ante mí la
visión de su melena abrumadora y su figura delicada, encuentro símbolos de lo
irrecuperable, chispazos de conciencia que despiertan lo vivido.
Como porteño escribo así, con el pulso
del tango y la noche del barrio. Tal vez por eso busco en una imagen vestigios
de lo eterno, de la misma manera en que Ella dejó en mí lo inolvidable de su
pelo sobre mi cara.

